Por: Elías Wessin
.- Durante años se ha insistido en presentar los episodios de violencia urbana y confrontación con la autoridad en los Estados Unidos como fenómenos esencialmente espontáneos, fruto exclusivo de la indignación social. Bajo ese marco interpretativo, identificar patrones organizativos o estructuras de coordinación ha sido calificado de paranoia o exageración política. Sin embargo, los hechos (cuando se analizan sin el prisma del antitrumpismo militante) sugieren una realidad distinta.
De acuerdo con reportes confirmados por FOX News, los acontecimientos recientes en Minnesota no responden al comportamiento típico de una protesta desorganizada.
Por el contrario, revelan una operación altamente estructurada, caracterizada por el uso de comunicaciones por radio, líneas de suministro, logística alimentaria, asignación de roles funcionales y una cadena de mando que actúa de manera cohesionada. No se trata de una turbamulta, sino de un sistema.
La diferencia es sustancial, no estamos ante disturbios episódicos, sino ante una arquitectura de confrontación política planificada.
En este contexto, hay un análisis técnico que no puede ser desestimado y que adquiere especial relevancia, se trata del ex suboficial de las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos, Eric Schwalm.
Sus advertencias merecen atención por su experiencia directa en operaciones de contrainsurgencia, adquirida en escenarios como Anbar y Helmand.
Schwalm no parte de la especulación teórica. Su conclusión es precisa y preocupante cuando dice: «el patrón que se está desplegando en Minneapolis replica, casi punto por punto, las fases iniciales de una insurgencia urbana de baja intensidad.»
Y continua diciendo: “No hablamos de consignas improvisadas, sino de grupos segmentados con límites estrictos de membresía, roles especializados (observadores, rastreadores móviles, verificadores de matrículas), nodos de despacho permanentes, reportes estructurados tipo SALUTE utilizados en entornos militares, rotación de chats, borrado forense programado y protocolos de OPSEC. A ello se suma la selección de miembros, la cobertura civil con apoyo logístico vecinal y escaladas graduales desde la observación pasiva hasta la obstrucción activa y, en algunos casos, la violencia letal.”
Es evidente que este nivel de organización no surge de manera espontánea. Supone estudio, entrenamiento, recursos y planificación deliberada.
Schwalm va más allá al advertir que esto sobrepasa el activismo para llegar al manual de insurgencia, y agrega: «si se sustituyen los términos ‘agentes de ICE’ por ‘fuerzas de ocupación’, la estructura operativa observada resulta prácticamente idéntica a las células urbanas que las fuerzas estadounidenses combatieron en Medio Oriente durante la década del 2000.»
La lógica estratégica de los insurgentes es clara, mantenerse por debajo del umbral cinético la mayor parte del tiempo, provocar sobrerreacciones cuando sea posible, dominar la narrativa pública, dispersar el mando y evitar cualquier centro de gravedad único que pueda ser neutralizado.
Desde esta perspectiva, los hechos ya no encajan en la categoría de desobediencia civil. Se trata de una resistencia distribuida, diseñada para erosionar progresivamente la autoridad del Estado desde el interior.
El aspecto más perturbador no es la sofisticación técnica del fenómeno, sino su origen doméstico. No se trata de actores extranjeros infiltrados, sino de ciudadanos estadounidenses que operan contra agencias federales en el ejercicio de funciones legales, con el respaldo de sectores del progresismo radical, organizaciones militantes y autoridades nacionales y locales.
Todo ello se articula bajo una narrativa cuidadosamente construida para presentar a la Administración Trump como ilegítima, represiva y moralmente inválida. La experiencia histórica demuestra que la desestabilización política precede, casi siempre, a la deslegitimación institucional.
En este contexto, FOX News ha cumplido un rol relevante al exponer estos hechos sin eufemismos ni maquillajes, en contraste con un ecosistema mediático ampliamente condicionado por el consenso antitrumpista.
La advertencia de Schwalm tiene precedentes históricos al señalar categóricamente que este tipo de estructuras no se disuelven por inercia. «Una vez que la infraestructura está en marcha y los cuadros operativos perciben avances en la guerra de la información, la tendencia natural es la escalada.»
Durante décadas, Estados Unidos ha procurado evitar que dinámicas insurgentes de este tipo se reproduzcan en su propio territorio. Sin embargo, hoy se observa cómo manuales ejecutados en el extranjero comienzan a aplicarse internamente, con el respaldo ideológico de sectores que se autodefinen como progresistas.
No estamos ante la política ordinaria de enero de 2026.
Estamos ante la fase inicial de un fenómeno de mayor profundidad y alcance.
La cuestión central ya no es si estos hechos pueden seguir siendo etiquetados como “activismo”. La verdadera pregunta es si la Administración Trump reconocerá a tiempo la naturaleza de esta anormalidad y actuará en consecuencia, o si permitirá que el costo de la inacción se vuelva irreversible.
La historia ha enfrentado escenarios similares en otras latitudes. Y rara vez ha sido indulgente con quienes optaron por no precaver y accionar en consecuencia.






























