José Carvajal
.- Decepciona reconocer que Juan Bosch fue un pobre escritor que siempre se ufanó de decir que vivía de sus libros. Sin embargo, ahora que tengo a mano sus «obras completas» pienso que esos libros, impresos mayormente en Santo Domingo, en la imprenta de un empresario y colaborador que lo admiraba, se vendían más porque Bosch fue fundador de dos partidos políticos mayoritarios del siglo XX, en su natal República Dominicana; pues no eran otros sino los adoctrinados miembros y amigos de esas organizaciones populares, de esas maquinarias de mover a las masas, los que compraban las obras literarias de su líder, aunque no las leyeran algunos, ni las entendieran otros.
Observen que digo «pobre escritor», que no es lo mismo que «escritor pobre». En este contexto un pobre escritor es aquel con una obra de importancia para su entorno pero no deslumbrante para el mundo; el escritor pobre sería el que simplemente no tiene dinero.
Bosch tampoco era un escritor deslumbrante para el mundo a pesar de que estudiosos lo consideraban «maestro del cuento hispanoamericano». En los círculos intelectuales del país se cacarea hasta la saciedad que Gabriel García Márquez le llamaba «maestro», pero en eso hay un error de interpretación; lo hacía solo porque cuando tenía unos treinta años el escritor colombiano participó en un seminario impartido por un Bosch casi cincuentón, en Venezuela. De ese seminario salió luego el texto que conocemos como «Apuntes sobre el arte de escribir cuentos», que sigue siendo útil, con ciertas reservas.
Es tradición que en algunos países de América Latina los jóvenes llamen «maestro» a personas mayores que han trillado cierto camino de un oficio al que los primeros aspiran. «Maestro» es una manera de expresar respeto a la persona, no tanto a lo que hace esta. También por la costumbre de generalizar para no confundir nombres, especialmente cuando se trata de alguien conocido en su país, pero no tanto en el país que visita. Lo anterior por la experiencia propia de haber sido llamado «maestro» en tierra firme, sin que escribiera yo «Apuntes sobre el arte de escribir cuentos» ni dominara la técnica de ese género explicada por Juan Bosch. Pero cuando escucha eso de «maestro» el dominicano, siempre ansioso de ser considerado genio, se crece, levanta los hombros, saca el pecho, y lo toma como un elogio, un reconocimiento a su inteligencia, y comienza a levitar.
Nada de lo anterior quiere decir que Juan Bosch no fuera un «maestro del cuento hispanoamericano». Fue un hombre que se empeñó en dominar la técnica, una técnica que creyó ley inquebrantable. Esto último lo hizo presa de una soberbia casi enfermiza que puede comprobarse en una serie de artículos y respuestas de entrevistas incluidas en sus «obras completas». En ocasiones llegó a creer que el único que dominaba la «técnica del cuento» en el mundo era él. ¡Craso error! en el mundo del arte, donde nada es absoluto ni está escrito en piedras.
Un ejemplo de la soberbia de Bosch con sombrero de «maestro del cuento» es un artículo que escribió en 1987. Y que inicia de la siguiente manera: «En estos días ando confundido en lo que se refiere a ese género literario llamado cuento, y no debería estarlo porque soy autor de un trabajo sobre esa materia titulado «Apuntes sobre el arte de escribir cuentos» que se estudia en varias universidades».
Pienso que debió mencionar una o dos de esas «varias universidades» donde supuestamente se estudiaba «Apuntes sobre el arte de escribir cuentos». Pero no lo dijo. En materia literaria Bosch siempre habló de forma utópica y genérica, insinuaba más de lo que decía. Aunque lector avezado, Bosch no parece haber sido un gran conocedor de la literatura.
De modo que aquella vez se puso el sombrero de maestro del cuento antes de desarrollar la idea de su artículo; una defensa mordaz de esa técnica que creía inalterable. Así se enfrentó a «cuarenta y tres cuentos de cuarenta y tres escritores colombianos publicados en tres volúmenes editados por la sucursal colombiana de Plaza & Janés…».
Juez absoluto del género que hizo suyo –y que según él mismo ya había abandonado en 1961, para dedicarse a la actividad política–, Bosch dictaminó que «en las setecientas cinco páginas de esos tres volúmenes he hallado sólo catorce páginas ocupadas por dos cuentos, el primero titulado «La siesta del martes», escrito por Gabriel García Márquez, y el segundo amparado por el título «La noche de la Trapa», cuyo autor, desconocido para mí por ahora, se llama Germán Espinosa».
En realidad, para muchos estudiosos la calidad de la obra narrativa de Germán Espinosa es equiparable a la de García Márquez.
Bosch enfatizó que de «las seiscientas noventa y una páginas restantes de la colección a que me refiero en estas líneas están dedicadas a presentar a los autores del material que se publica con el nombre de cuentos y también a comentarios sobre cada uno de los cuentos y de su actividad literaria; de ellos, cuarenta y uno son calificados como cuentistas pero no lo son».
Aunque parece un juicio absolutista, puede que Bosch tuviera algo de razón en lo que escribió. Pero se ahogaba en una soberbia ridícula al agregar que «ni en Colombia ni en ninguna parte del mundo, sea país, región o continente, se han conocido cuarenta y tres cuentistas merecedores de figurar en una antología o colección».
Y lo empeoró: «Es más, aunque son muchísimas las lenguas que no conozco, en las cuales puede que haya habido cuentistas destacados, pongo en duda que en el mundo entero, muertos y vivos, los cuentistas sean tantos como los que aparecen en «El cuento colombiano». Desde luego no los hay en la América hispana o Iberoamérica ni los hay en Estados Unidos. España con ser la tierra madre de la lengua que hablamos los hispanoparlantes del Nuevo Mundo, no ha dado cinco cuentistas, aunque esta afirmación asombre a los que piensan que los cuentistas se cuentan por docenas en cualquier país de los nuestros».
Por supuesto, debemos intuir que entre esos escasos cuentistas verdaderos del «mundo entero» Bosch se incluía a sí mismo.































