Por: Elías Wessin Chávez
.- En «De Buena Tinta» reciente (15/10/2025) del @DiarioLibre, titulado _“El celo inquisidor del diputado Wessin”_ el editorialista incurre en una turbación, de práctica frecuente en ciertos círculos ideológicos: confundir la defensa legítima de la identidad nacional con intolerancia religiosa.
Esa lectura distorsionada responde a una visión globalista que pretende desacreditar a quienes defienden los valores, la soberanía cultural y la estabilidad social de sus naciones.
Mi posición frente a la construcción de una gigantesca mezquita en Punta Cana no tiene nada que ver con odio ni con intolerancia, sino con responsabilidad política y sentido de Estado. En un país pequeño, de identidad cultural definida y con un modelo económico basado en el turismo, la prudencia no es fanatismo: es previsión.
La libertad religiosa, como todo derecho, no es absoluta, (excepto el de la vida en nuestra cultura y sistema constitucional). La libertad de cualquier índole debe ejercerse dentro del marco constitucional que protege la paz pública, la seguridad nacional y los valores fundacionales de la República Dominicana.
Nuestra Constitución consagra la libertad de culto, pero también nos impone el deber de preservar la identidad nacional y el legado espiritual de la nación cristiana que somos. Defender ese equilibrio no es inquisición, sino fidelidad a los principios constitucionales.
Ignorar los antecedentes internacionales sería una irresponsabilidad. En Europa, la expansión descontrolada de mezquitas no trajo convivencia, sino fractura social, radicalización y zonas culturales paralelas.
En Francia, Bélgica y Suecia —por citar ejemplos recientes— los gobiernos enfrentan hoy las consecuencias de haber confundido pluralismo con permisividad.
El turismo dominicano, pilar de nuestra economía y fuente principal de divisas, depende de la estabilidad, la neutralidad y la confianza internacional.
Levantar en su principal polo turístico un templo de gran escala asociado (aunque sea indirectamente) con ideologías y conflictos globales es un error estratégico. No se trata de religión, sino de geopolítica y de preservar la imagen del país como destino pacífico y seguro.
La identidad dominicana no es un espacio vacío ni una noción decorativa. Es fruto de siglos de historia, fe, lenguaje y valores compartidos.
Es lo que nos une como pueblo y lo que nos ha permitido resistir las tormentas del tiempo. Cuidarla no es cerrar las puertas al mundo; es asegurarnos de que el mundo nos visite sin destruir lo que somos.
Por eso reitero: defender la soberanía cultural no es inquisición; es patriotismo responsable. Nadie propone persecución ni intolerancia, sino sensatez.
Ningún país puede abrir su territorio a toda forma de influencia extranjera sin evaluar sus consecuencias. Ser tolerante no significa ser ingenuo.
La República Dominicana tiene derecho a decidir qué modelo cultural, espiritual y civilizatorio desea preservar. Y ese derecho (que es soberano y legítimo) merece respeto, no el «dejar hacer y dejar pasar» progre.































