Por: Elías Wessin
.- In Memoriam: basado en conversaciones de sobremesa con mi padre el Gral. Elías Wessin y Wessin. En este primer dia del año 2026 te dedico este artículo. Lo que aquí refiero tu me lo enseñaste.
El análisis comparativo entre la doctrina militar alemana y la doctrina militar norteamericana ofrece una enseñanza que va más allá de lo castrense.
Extrapolando el caso militar de Stalingrado al plano político, el liderazgo sin prudencia ni límites destruye incluso al mejor talento profesional, al mejor de los tecnócratas.
El Mariscal de Campo, Erich von Manstein (considerado el mejor estratega militar de la 2da Guerra Mundial) ilustra cómo la interferencia ideológica del poder político absoluto anula la racionalidad estratégica.
El 21 de noviembre de 1942, tras el cerco soviético al VI Ejército comandado por Friedrich von Paulus, Hitler creó el Grupo de Ejércitos del Don y puso a von Manstein al mando.
Desde esa posición, Manstein planificó y trató de poner en ejecución la Operación Wintergewitter (Tormenta de Invierno), el intento de ruptura del cerco soviético en Stalingrado. (Victorias Frustradas, Autobiografia de Erich von Manstein).
La historia militar ofrece estos ejemplos dramáticos de lo que ocurre cuando el poder se emancipa de la prudencia y de la ley moral.
Stalingrado no fue solo una derrota militar alemana; fue el fracaso de un modelo de liderazgo político soberbio, incapaz de escuchar la verdad técnica.
Erich von Manstein encarna lo mejor del profesionalismo prusiano y de la racionalidad estratégica. Su plan para romper el cerco soviético en Stalingrado era viable, limitado y ordenado, orientado a preservar vidas y capacidades militares.
La retirada que propuso fue un plan prudente nunca fue cobardía, sino ejercicio de responsabilidad. Según expertos, de haberse ejecutado, el 6to Ejército se hubiera rescatado.
La preservación de la vida humana es un imperativo moral, no una debilidad.
Hitler, sin embargo, impuso una lógica ideológica y propagandística, resistir a cualquier costo, incluso cuando el costo era moralmente injustificable. El resultado fue la aniquilación del 6to Ejército completo.
Las órdenes de Hitler en el teatro de operaciones de Stalingrado confirman que el personalismo extremo en el poder, conduce históricamente a la ruina.
La Wehrmacht tenía doctrina, talento y experiencia (me refiero al ejercito profesional); lo que falló fue una estructura política absolutista que convirtió al jefe en fuente única de decisiónes.
Cuando ese tipo de poder sustituye lo moral, lo lógico y lo racional, incluso la mejor doctrina colapsa.
En contraste, la doctrina militar estadounidense revela la superioridad de un liderazgo institucional, sometido a contrapesos y orientado al bien común, más que al culto personal.
Sin idealizar a Estados Unidos, su doctrina militar ofrece una enseñanza relevante, el liderazgo está distribuido, la estrategia no depende del genio de un solo hombre, existen contrapesos institucionales entre política, militares y técnicos.
La autoridad existe no para imponer caprichos, sino para coordinar talentos, no para sofocarlos.
La lección actual es clara. Las naciones no fracasan por falta de expertos, sino porque los gobernantes no los escuchan.
El liderazgo auténtico requiere humildad intelectual, virtud cardinal olvidada por los gobiernos y evidéntemente por aquellos regímenes personalistas.
La política, como la guerra, exige prudencia, no voluntarismo ideológico. Cuando el poder se vuelve sordo a la realidad, el desastre no es accidental, es inevitable.
Von Manstein perdió Stalingrado, pero no perdió la razón. El poder político perdió ambas cosas.
Esta distinción es esencial, la autoridad legítima no consiste en mandar más, sino en mandar mejor.
La historia enseña que Dios no bendice la soberbia del poder ni el desprecio por la vida humana.
Toda política que ignora esta verdad termina, tarde o temprano, en ruina.































