Por: Elías Wessin
.- “Mi reino no es de este mundo” no implica indiferencia política, sino que el poder último no es político. Jesús sí confrontó al poder injusto (fariseos, herodianos, mercaderes del templo). Neutralidad ante la injusticia no es fidelidad espiritual.
El Evangelio no debe leerse selectivamente sin el contexto y el gran contexto. Separar “corazón” y “orden social” es una distorsión. El mensaje cristiano tiene consecuencias públicas y estructurales como la justicia, la verdad, la defensa del débil. El mismo Jesús habló de leyes más justas (“oísteis que fue dicho…”).
Es un error histórico garrafal, negar que los creyentes no hayan actuado políticamente. La abolición de la esclavitud, los derechos civiles, el derecho a la vida, la defensa de la familia original, la resistencia al comunismo, fueron y son lideradas por cristianos que no se refugiaron en la pasividad espiritual.
No debe confundirse no imponer con no actuar. El Evangelio no justifica imponer la fe por la fuerza, pero sí exige resistir el mal. Callar frente a la corrupción, la tiranía o la decadencia moral no es amor al prójimo, es omisión, y por ende, una falta.
Decir “no es nuestro reino” para evadir responsabilidad cívica convierte al cristianismo en una fe domesticada, funcional al poder de turno. Una neutralidad moral disfrazada de espiritualidad.
El aislacionismo no debe ser “otra opción”. Es una «teología de la retirada» que confunde espiritualidad con pasividad, y termina justificando que el mal avance mientras los creyentes miran al cielo. El cristianismo auténtico transforma corazones y ordena la vida pública. Ignorar una de las dos cosas es traicionar ambas.





























