Por: Nelson Mateo
.- Estados Unidos se convirtió en el imperio del continente bajo los lineamientos ideológicos de su presidente James Monroe, quien, para 1823, en su discurso ante el Congreso, inmortalizó la frase: “América para los americanos”.
Se trató del grito de guerra contra los intentos europeos por renovar su proceso colonialista en América. El naciente imperio trazó la línea de Pizarro. Es lo que se conoce como la Doctrina Monroe, en la que se establecieron una serie de principios que sirvieron de marco ideológico y legal para que Estados Unidos se convirtiera en la potencia que es hoy y extendiera su dominio continental a ser el líder más influyente del planeta.
La Primera Guerra Mundial proporcionó las condiciones para que, por primera vez, la fuerza militar estadounidense se proyectara en Europa de manera masiva. El impacto de la expedición militar transoceánica marcó la emergencia de un nuevo jugador en el tablero político mundial y las relaciones internacionales. Pero igual de importante fue cómo Estados Unidos utilizó sus principios y doctrinas a través de la vía diplomática para poner fin a la Primera Guerra Mundial. Se trató de los 14 puntos de Woodrow Wilson. Así, el nuevo imperio, hasta entonces aislado en el tablero político mundial, entró en acción y se ganó el respeto y la confianza de los otros poderosos pueblos del viejo continente, asumiendo la hegemonía que hasta hoy mantiene como primera fuerza económica y militar del planeta.
Durante las primeras décadas del siglo XIX, los pueblos americanos enarbolaron principios esenciales como la No Colonización, No Intervención y el derecho a la autodeterminación, base de un proceso que ponía fin a más de tres siglos de colonización en el Nuevo Mundo, como parte de la estrategia del imperio para mantener alejada a Europa de lo que entendía como territorio bajo su liderazgo emergente.
La Independencia Norteamericana fue la revolución más importante del ocaso del siglo XVIII porque sirvió, incluso, de influencia determinante para procesos libertarios posteriores, como la histórica Revolución Francesa, 13 años después, y su innegable influencia en el surgimiento de un nuevo régimen mundial de libertades y gobiernos democráticos. Así lo estableció el profesor Bismarck Hernández D. Oleo en su cátedra sobre Derecho Internacional Público Americano, UNICARIBE, Sto. Dgo., RD.
Pero, si bien es cierto que la última década del siglo XVIII marcó el inicio de una ola de revoluciones históricas, como la Independencia de EE.UU. en 1776, y la Revolución Francesa de 1789, y una secuencia de procesos libertarios en todo el mundo que puso fin al colonialismo europeo, para América solo ocurrió un cambio de nombre en su verdugo.
Estados Unidos se impuso para que el viejo continente, poco a poco, perdiera interés en Occidente, en cuyos mares navegaban constantemente sus buques de guerra cuidando celosamente su supremacía continental.
Así inició en América Latina y, especialmente, para el Caribe, un proceso de intervenciones militares que se creía superado bajo los principios de la Doctrina Monroe. El imperio logró imponer su poder en los pueblos de Occidente con invasiones y apoyo a los golpes de Estado en aquellas naciones no alineadas.
Algunos ejemplos: la de Cuba en 1898 y la invasión de Bahía de Cochinos en 1961; México, en 1846-1848; Haití, en 1915; República Dominicana, en 1916 y 1965; Panamá, en 1989; Granada, en 1983, y Nicaragua, en 1912 bajo las llamadas Guerras Bananeras, y en 1933. También apoyó el golpe militar a Salvador Allende en Chile en 1973.
Bajo las excusas de proteger a su gente en el Caribe y garantizar la seguridad regional, Estados Unidos inició un ambicioso plan de recuperación del Gran Caribe a finales del siglo XIX y a todo lo largo del siglo XX, preocupado, realmente, por las tendencias ideológicas, mayoritariamente de izquierda, que estaban gobernando la región. Así logró imponer bases navales como la de Guantánamo en Cuba, e intervenciones militares para controlar el Canal de Panamá, principal ruta marítima comercial del continente y una de las más importantes del planeta. Y, bajo el temor de que Juan Bosch retornara al poder y convirtiera a República Dominicana en una segunda Cuba, invadió el país en 1965 con el apoyo de la Organización de los Estados Americanos, violando la soberanía nacional y los principios esenciales que dieron origen a la Doctrina Monroe de No Intervención.
La última década del siglo XX ha sido testigo de un desplazamiento tectónico en los asuntos mundiales. Por primera vez en la historia, una potencia no asiática ha surgido no solo como el árbitro clave de las relaciones de poder euroasiáticas, sino también como la suprema potencia mundial. La derrota y el colapso de la Unión Soviética fueron el último escalón de la rápida ascensión de una potencia del continente americano, los Estados Unidos, como la única e indudablemente primera potencia realmente global. (Zbigniew Brzezinski, 1997, p. 1).
Sin embargo, el siglo XXI lo ha sorprendido con un despertar de los pueblos de América Latina y el Caribe, donde ya, de 21 naciones, 11 de sus gobernantes son de tendencia de izquierda, como un evidente proceso de deterioro del capitalismo y la creencia en EE.UU. como su mayor exponente. Es el fenómeno político conocido en la región como la segunda ola rosa.
La supremacía del Tío Sam en América se tambalea, amenazada por la penetración lenta, pero constante, de la influencia de sus archirrivales geopolíticos, China y Rusia, a través de sus grandes inversiones. En suelos de derecha como Argentina, ya Javier Milei está pensando en abrir las compuertas al mercado asiático, lo mismo que Nayib Bukele en El Salvador. En República Dominicana, de derecha, igual se mantienen relaciones diplomáticas y comerciales cada vez más sólidas.
China parece estar ganando la batalla geopolítica en América sin disparar un tiro. El comercio a gran escala se ha convertido en su arma más letal para enfrentar la influencia de su adversario en su propio terreno, quitando brillo a la estrella de Occidente que tanto relumbró en los cielos latinos y caribeños durante los últimos siglos.































