Por: Bartologo García Molina
.- Estamos viviendo un momento de efervescencia neurótica antihaitina en RD, en el cual un grupo de conservadores se ha arrogado el derecho exclusivo de propiedad del nacionalismo y el patriotismo. En su arrogancia, a quienes no comparten su violencia verbal, odio y detritus verbales hacia los haitianos les cuelgan el sambenito de traidores a la patria, su etiqueta favorita. Esta campaña sistemática y generalizada de odio y culpación a los haitianos está ganando cada vez más terreno. Al ritmo que va creciendo el antihaitianismo, el nacionalismo de extrema derecha se convertirá en una orgía dionisíaca en la que se sustituirá el vino por el odio.
No se puede negar que la República Dominicana tiene una situación difícil con la inmigración haitiana. Con la situación cada vez más calamitosa de Haití, podríamos enfrentar avalanchas de masas hambrientas queriendo ingresar a nuestro territorio, lo que aumentaría la ya de por sí excesiva cantidad de inmigrantes indocumentados. En ese aspecto, podríamos coincidir con el nacionalismo neurótico antihaitiano. En lo que tenemos profundas diferencias es en las motivaciones, intenciones y formas.
En lo que a mí respecta, sin que me arrogue la representación de los demás revolucionarios que aman esta patria (y que han avalado ese amor con el sacrificio, el sudor, la persecución, la cárcel la exclusión y la muerte), mi posición es que hay presionar al gobierno para que tomé las siguientes medidas:
Deportación o regularización, en el marco de nuestras leyes, de todos los ilegales, sin maltratos, ultrajes ni despojo de sus bienes; 2) establecimiento de control efectivo en la frontera; 3) interpelación a todos los Ministros de Las Fuerzas Armadas (de Defensa) y a los oficiales encargados de proteger la frontera en los últimos veinticinco años; 4) promulgación de una ley que sancione ejemplarmente a los prevaricadores encargados del control migratorio y a los traficantes de indocumentados; 5) destitución y sometimiento a la justicia de los militares, funcionarios y ciudadanos que trafican con indocumentados, especialmente a los militares y funcionarios prevaricadores. 6) diseño de una política migratoria para RD que incluya las áreas en las que necesitamos inmigrantes. 7) sanciones a quienes usurpen el control de la política migratoria dominicana. 8) dignificación de las labores que los dominicanos se niegan a realizar por considerarlas mal remuneradas; y 9) apoyo a cualesquiera iniciativas que favorezcan que Haití encuentre el camino de salir de la tragedia que lo devora. No creo que haya que odiar a Haití para amar a nuestra bella Quisqueya. Considero que a República Dominicana le conviene que Haití salga de su deplorable situación.
También considero que hay que apoyar al gobierno (y que conste: no soy oficialista) en la aplicación de cualesquiera de las nueve medidas anteriores, y cualesquiera otras que favorezcan el control migratorio, sin crueldad, sin odio, sin retorcimiento de la realidad y sin oportunismos políticos ni faranduleros. Asimismo, soy partidario de la defensa intransigente del país de ataques injustos en cualquier escenario, nacional o internacional.
Por último, quiero dejar constancia de que mi nacionalismo y mi patriotismo no se limitan a la regularización de la inmigración haitiana. Creo que la patria también es ecología, recursos naturales, administración pública, salud mental, salud moral, educación, desarrollo de la inteligencia, etc. Odiadores procaces que envilecen los sentimientos colectivos de las y de los dominicanos y envenenan la salud espiritual deberían ser llamados a la cordura por los antihaitianos que no estén obnubilados y alienados por el odio. Las y los nacionalistas que vayan en esa dirección me encontrarán en la trinchera del honor: contra haitianos, contra yanquis, contra franceses y contra “toda potencia extranjera” que pretenda violar nuestra soberanía.
































Estimado maestro Bartolo García Molina:
He leído con detenimiento y admiración su reflexión, tan lúcida como valiente, tan necesaria como oportuna. Sus palabras no solo tocan las fibras de quien aún cree en el poder transformador de la razón, sino que también despiertan el anhelo de un patriotismo que no se contamine de odio, ni se prostituya en los altares del oportunismo.
Usted ha descrito con claridad quirúrgica lo que muchos ven pero pocos se atreven a decir: el nacionalismo, cuando se separa de la compasión y se alimenta del miedo, se convierte en una herramienta peligrosa en manos de quienes necesitan un enemigo para sostener su discurso. Y el haitiano —ese hermano históricamente golpeado por la tragedia— se ha vuelto el blanco fácil de una retórica visceral, fabricada con slogans vacíos, detritus verbales, como usted bien los ha llamado, y una arrogancia desprovista de análisis.
Coincido profundamente con su planteamiento: la situación migratoria debe abordarse con responsabilidad, sin romanticismo ni negación de la realidad. Pero también sin odio. El control de nuestras fronteras, el cumplimiento de nuestras leyes, la transparencia en la actuación de quienes tienen el deber de hacerlas cumplir… todo ello es legítimo, justo y necesario. Pero nada de eso exige convertirnos en verdugos de los más vulnerables.
Su propuesta de medidas concretas es el ejemplo perfecto de cómo se puede ser firme sin ser cruel, patriota sin ser fanático, defensor de la soberanía sin ser instrumento del odio colectivo. Usted nos recuerda que el patriotismo verdadero no teme la autocrítica, no se oculta tras insultos, y no necesita falsos héroes que crucifican la compasión en nombre de la patria.
Me uno a su visión de una República Dominicana que no le tema a la dignidad, que no confunda firmeza con brutalidad, y que entienda que nuestra frontera más vulnerable no es la línea con Haití, sino la que separa nuestra conciencia de la indiferencia.
Gracias por su voz, maestro. Gracias por ser de los que piensan, sienten y dicen. De los que aún creen que un mejor país no se construye desde la furia, sino desde la justicia, la verdad y el amor inquebrantable a nuestra tierra y a la humanidad.
Con respeto, admiración y compromiso compartido,
Juan Gervacio
Letras con sentido