Por: José Carvajal
.- Ramón E. Colombo, el reconocido periodista de la columna «Un Minuto», no siempre fue tan breve. Lo demuestra un extenso y minucioso reportaje sobre Juan Bosch que aparece en el volumen XXXVIII de las obras completas del «maestro del cuento hispanoamericano».
Allí Colombo exhibe sus dotes de buen redactor cercano a esa corriente de los años sesenta del siglo XX denominada Nuevo Periodismo y que en Estados Unidos se le atribuye a Truman Capote, Tom Wolfe y Gay Talese; pero antes que estos habría que reconocer como precursor al argentino Rodolfo Walsh (Operación masacre, 1957), y tal vez si miramos más hacia el pasado pueden aparecer en esa lista, por sus brillantes crónicas, el cubano José Martí, el nicaragüense Rubén Darío y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo; y después de todos ellos el colombiano Gabriel García Márquez, cuyo estilo periodístico devino en escuela en salas de redacción de cientos de diarios y revistas de América Latina.
De modo que Colombo, un autodidacta que dice poseer «licenciatura, maestría y doctorado» dada su experiencia «en unos diecisiete periódicos de México y Santo Domingo», pertenecería a un grupo de jóvenes periodistas dominicanos que intentaba imitar el estilo de García Márquez, cuyas crónicas y reportajes figuran reunidas en formato de libros («Textos costeños», «Cuando era feliz e indocumentado», «De viaje por los países socialistas», «Entre cachacos», «De Europa y América», etc.).
El asunto es que Colombo entrevistó a Bosch en varias ocasiones en los años ochenta del siglo XX. A uno de esos trabajos periodísticos debemos el que hoy podamos rastrear, sin mucho esfuerzo, parte del origen de la temprana vida literaria de aquel niño de ascendencia española nacido en 1909 en La Vega y bautizado con el nombre de Juan Emilio Bosch Gaviño.
De acuerdo con el reportaje de Colombo, en diciembre de 1925 el abuelo materno de Bosch, Juan Gaviño, «murió en La Vega, muy lejos de San Lorenzo del Río Miño, pueblo de pescadores de la provincia gallega de La Guardia, donde nació en 1849, en hogar humilde».
El abuelo no quiso confesarse antes de fallecer, como esperaba el padre Henríquez que llegó a la casa para cumplir con esa tarea. «No tengo nada que confesar», dijo, según se lee en el reportaje de Colombo. «Fui un hombre que cruzó por la vida tratando de actuar dentro de sus convicciones… Fui buen hijo, fui buen padre, fui buen amigo y no he hecho nada de lo que tenga que arrepentirme».
Y finalmente no se confesó. Parecía más atento al nieto futuro escritor. Colombo transcribe las palabras del abuelo, como si las hubiese escuchado de los labios de este, aquel 9 de diciembre. «No llores, Juanito… Juanito, ¿qué sería de los pinos nuevos, si los pinos viejos no cayeran nunca?… Piensa que no podrían crecer, no tendrían espacio».
Aquello se lo contaba Juan Bosch a Colombo, y Colombo lo creyó porque lo escribió y lo publicó. Además, no hay razón para no creer testimonio como ese acerca de los últimos momentos de un ser tan querido. Pero Juan Gaviño no era un abuelo cualquiera. Llegó al Cibao procedente de San Pedro de Macorís, donde «trabajaba en el ingenio, y cierto día decidió mudarse a La Vega —ciudad terminal de la única ruta de ferrocarril que tenía el país, enlazada con el puerto de Sánchez— y un amigo le habló de unas tierras que vendían por los rumbos de Río Verde, en el centro del enorme Valle de La Vega Real».
En el reportaje de Colombo se escucha una voz: «Vivían en el campo, pero era un hombre culto. Vicenta Cintrón era su mujer. Leía mucho. […] Decir Juan Gaviño en estos contornos era decir seriedad. […] Era un hombre muy culto, era autodidacta».
Ahora es el reflejo póstumo de un hombre que consideraba como una gran propiedad su biblioteca, «con la cultura universal entera», como él mismo decía según Colombo. El hombre responsable de haber llevado a su hija Ángela, nacida en Puerto Rico —de madre puertorriqueña— , al Valle de La Vega Real, y de que allí conociera a José Bosch, y que estos se casaran y que tuvieran hijos (JB en otra entrevista: «de una familia que luego llegamos a ser seis dos murieron siendo pequeños, y ahora [1981] quedamos tres hembras y yo…»), y que uno de esos muchachos, el segundo de la prole, fuera el que con los años se convertiría en «maestro del cuento hispanoamericano».
El reportaje de Colombo indica que Ángela Gaviño escuchó la voz de José Bosch antes de verlo físicamente.
«—¿Quién es ese que canta?
»—Es español. Su nombre es José Bosch».
Podemos imaginar que Colombo apuntaba datos del padre del escritor Bosch: «Hijo de Francisco Bosch y Cinta Subirats, tenía 27 años aquella noche. Nació en Torrosa, Provincia de Tarragona, región catalana, en 1877. Sus padres, campesinos. Él, albañil, de los de la tradición iniciada con las catedrales góticas; en realidad, un maestro arquitecto».
Aun no es suficiente. El abuelo Gaviño dio el visto bueno a la relación de su hija Ángela con José Bosch, porque, según anota Colombo, era «un hombre inteligente, aficionado a la ópera. Políticamente un liberal, tan avanzado que llegaría a considerar la Revolución Rusa como «la revolución definitiva de los obreros». Hablaba mucho de los Derechos del Hombre y de los principios de la Revolución Francesa…».
Y aquí vienen los genes literarios de Juan Bosch, pues su padre José Bosch no solo era todo lo mencionado, sino también escritor. Al menos eso asegura el reportaje escrito por Colombo: «[Pepe] llegó a publicar cuentos, cosas sueltas, en el periódico «El Progreso» de La Vega».
Anotamos: con un abuelo que consideraba una biblioteca como su gran propiedad, y un padre aficionado a la ópera y autor de cuentos, las letras decían presente en la vida del niño Juan Emilio. Aunque hay otra razón del porqué corría literatura por las venas del muchacho. Su madre Ángela no se quedaba detrás. Desde joven, desde antes de casarse con Pepe Bosch, se la veía «culta y de apariencia aristocrática, que recitaba de memoria poemas de Espronceda, Bécquer, Calderón de la Barca; que tenía un gran amor por las cosas simples; que odiaba la violencia, la mentira y el chisme; que entendía a los campesinos, de quienes aprendió leyendas y adivinanzas que después contaría a sus hijos, y que recitaba casi todas las décimas de Juan Antonio Alix, y de cuyos versos se reía a carcajadas».
Con todo eso no habría duda de que el destino de escritor de Juan Bosch estaba sellado. Quizá lo supo desde el principio, pero no lo entendía. Y tal vez por eso no se ahogó, como recordó para Colombo: «…estuve a punto de ahogarme, y me salvó una muchacha que vivía frente a la casa».
Y porque no se ahogó los lugareños siguieron viendo a ese niño sentado siempre en el quicio de la puerta leyendo cuentos. «No recuerdo si fue Francisca Sánchez, o si fue una tía o abuela de Hatuey Decamps, Rita Decamps, quien me enseñó a leer…». Adelantó tanto que para inscribirlo en el colegio tuvieron que falsear su acta de nacimiento, «…pues entonces no aceptaban niños de menos de siete años en las escuelas».
Mario Fernández, un anciano otrora maestro de Bosch, fue ubicado por Colombo para los fines de su reportaje. Allí quedó impreso lo que dijo de su alumno especial: «Era un muchacho muy inteligente, de conducta ejemplar, y su aspecto intelectual era casi inigualable…».
Esa inteligencia observada por el maestro jubilado del Colegio San Sebastián del Padre Fantino, ya empezaba a dar frutos literarios a muy temprana edad. Bosch lo recuerda: «Lo primero que escribí con intención literaria fue a los nueve años; unos cuentos de cucarachas, hormigas y lagartijas… Hice un librito y yo mismo lo ilustré y lo encuaderné, porque en la escuela aprendí el oficio de encuadernador… Mi padre le llevó el librito a don Federico García Godoy, que lo guardó en su biblioteca, que años después se quemó…».
Hasta la próxima.































