Por: Rafael Méndez
.- Porque si el concreto no habla creole, la obra se detiene, y lo que queda es la hipocresía de un sistema que lucra con la precariedad pero se niega a asumir las consecuencias sociales de su propio funcionamiento. Aunque muchos no lo adviertan, en cada columna, cada muro o cada techo vaciado hay una historia de brazos migrantes que trabajan bajo sol y polvo, muchas veces en condiciones de absoluta precariedad, sin papeles y sin voz.
La expresión «los haitianos cargan el peso de la obra gris», con la que tituló un medio local su principal información, no es solo una figura retórica, sino una afirmación que condensa la dura realidad del sector construcción en República Dominicana, donde la mano de obra haitiana se ha convertido en el soporte invisible de una industria que no podría levantar un piso sin ellos.
La «obra gris» no es solo una etapa técnica dentro del proceso constructivo, pues encierra, en la práctica, una dimensión humana ignorada: es allí donde los cuerpos vulnerables de miles de trabajadores haitianos hacen posible lo que luego será fachada, lujo o diseño. Pero es allí también donde más se reproduce la informalidad laboral, ya que esta fase estructural —que define la solidez y estabilidad del edificio— ha sido literalmente levantada por obreros invisibilizados, que carecen de contratos, protección y reconocimiento.
El concreto habla creole
Aunque muchas veces se ignora, lo cierto es que la construcción dominicana no podría sostenerse sin esa presencia haitiana que habla creole entre bloques, varillas y mezcladoras. Tal como establece un estudio del Instituto Nacional de Migración, solo en 2023 se requería formalmente la contratación de más de 111 mil trabajadores de origen haitiano. Sin embargo, al 2025 la presencia haitiana supera en muchos casos el 70 % y puede alcanzar hasta el 90 % de la plantilla, lo que confirma que, sin ellos, la obra simplemente se detiene.
Lo paradójico es que esta dependencia estructural convive con una narrativa oficial que insiste en endurecer políticas migratorias y multiplicar operativos de deportación. Esto genera una tensión permanente entre la realidad económica del sector y el discurso político sobre soberanía, seguridad o legalidad. Mientras los planos se diseñan con exigencias de calidad, las condiciones laborales reales descansan sobre cimientos profundamente injustos.
Invisibles pero imprescindibles
Según constructores, en cualquier obra que se levanta, especialmente en las periferias urbanas, los primeros en llegar y los últimos en irse suelen ser haitianos sin papeles que, sin embargo, conocen cada etapa del proceso: desde el encofrado hasta el vaciado de la losa, ya que dominan los tiempos del concreto, las mezclas de mortero y las técnicas del repello. Aunque no porten títulos, su experiencia es invaluable y su rendimiento, superior al promedio, según lo admiten muchos ingenieros. No obstante, esta eficiencia no se traduce en mejores condiciones, sino que coexiste con salarios bajos, jornadas extensas y nula protección social.































