Por: Elías Wessin
.- Las recientes elecciones en Chile volvieron a exhibir un fenómeno que ya se ha vuelto regla en los grandes medios occidentales: el doble rasero ideológico.
Diarios como El País de España y Agencias como la BBC de Inglaterra y DW de Alemania utilizaron el mismo libreto:
Jeannette Jara, figura del Partido Comunista, es presentada como “izquierda” o “progresista”.
José Antonio Kast, conservador democrático del Partido Republicano, es etiquetado como “ultraderecha”.
Es la fórmula habitual: si es de izquierda, se normaliza; si es de derecha, se radicaliza.
El comunismo (con su historial totalitario y fracasos repetidos) recibe un blanqueo semántico.
El conservadurismo (que defiende instituciones, soberanía y orden democrático) recibe un estigma inmediato.
Estos medios no informan: enmarcan. Manejan las palabras para controlar la percepción. Y al hacerlo, moldean el terreno político antes de que el ciudadano pueda formarse un juicio propio.
El problema no es solo lingüístico; es estratégico. Etiquetar a Jara como “izquierda” oculta su compromiso con una ideología que ha devastado naciones. Llamar “ultraderecha” a Kast busca deslegitimar todo proyecto que cuestione el globalismo cultural y defienda la identidad nacional.
Chile es simplemente el ejemplo más reciente de una operación mediática continental: desprestigiar el conservadurismo y normalizar el radicalismo progresista.
Si la sociedad acepta esas categorías sin cuestionarlas, la batalla cultural se pierde.
La defensa de la nación comienza por defender el lenguaje. Y en esa lucha, no podemos permitir que los medios decidan, a conveniencia, quién es moderado y quién es extremista.
Porque cuando el comunismo es “progreso” y el conservadurismo es “ultra”, la verdad ya no importa: solo importa la narrativa.































