Por: Nelson Calderón
.- Si Estados Unidos lanzara un ataque frontal contra el régimen de Nicolas Maduro en Venezuela, muchos alzarían la vista hacia Moscú esperando que la Madre Rusia, con sus viejas nostalgias de gloria, acudiera al auxilio del tirano. Pero los mapas pueden ser oráculos que cuenten otra historia.
Rusia vive cercada por la respiración de la OTAN: Polonia, los bálticos, la presión permanente en el Mar Negro… Su ejército, desgastado por años de conflicto en Ucrania y obligado a vigilar cada rincón de su frontera cual filo de una navaja, no tienen cómo atravesar medio mundo para sostener una guerra de alta intensidad a miles de kilómetros. Y no se trata de voluntad, sino de la fibra misma de la logística: sin puertos seguros en el Caribe, sin corredores de reabastecimiento, sin la sombra protectora de bases aliadas, cualquier intento ruso de defender militarmente a Venezuela se deshace antes de nacer.
China es otra criatura. Un imperio comercial que se desplaza como dragón voraz, con bolsillos profundos y barcos en cada horizonte. Sí, Pekín podría —en teoría— proyectar poder más lejos que Moscú. Tiene la industria, la flota, las reservas y más paciencia y tiempo que Donald Trump.
El problema viene, de que sus portaaviones: el Liaoning, el Shandong y el reciente Fujian, todavía respiran combustible convencional. Sus motores no laten con la autonomía de propulsión nuclear estadounidenses como los Nimitz o los Gerald R. Ford, capaces de vagar los océanos como si el mar fuera su hogar natural. La armada china, moderna y creciente, aún depende del reabastecimiento constante, de las rutas comerciales abiertas, del petróleo que debe fluir sin interrupciones. Y, uno tiene que decirlo, un despliegue militar hacia el Caribe rompería con esa armonía.
Además, el canal de Panamá sería una muralla política antes que geográfica: en un conflicto abierto, Panamá jamás permitiría que China moviera su flota militar abastecedora hacia el Atlántico. Y sin Panamá abierto, solo queda el camino largo, cruel y frío, bordeando los Magallanes, cruzando mares helados y rutas que duplican los costos. Una travesía cara y ridícula para un imperio que vive, precisamente, de hacer barato lo que para otros es costoso.
Al final, creo que el tablero geopolítico es claro. Trump aparenta saber mover sus fichas.































