Por: Elías Wessin
.- Durante más de dos décadas, la política dominicana ha vivido bajo una cómoda ficción, la de la desideologización.
Se nos dijo que ya no existían derechas ni izquierdas, que solo importaba la “buena gestión”, el “pragmatismo” o el “consenso”.
Esa narrativa (funcional al poder) permitió que proyectos ideológicos por origen se camuflaran bajo un discurso tecnocrático y neutro. No podemos negar determinados logros institucionales, pero ese ciclo está llegando a su fin.
Las elecciones de 2028 marcarán, inexorablemente, una vuelta a lo ideológico. No como consigna, sino como realidad histórica.
La República Dominicana se encamina hacia una definición clara: o se está a la Derecha o se asume la Izquierda. No hay zonas grises.
Como advierte el Evangelio: “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no” (Mt 5,37).
No puede analizarse el escenario dominicano de manera aislada. La geopolítica hemisférica ha cambiado. Estados Unidos ha abandonado definitivamente la ilusión del “orden liberal sin conflictos” y ha regresado a una lógica de realismo estratégico.
El fenómeno Trump (más allá del hombre) expresa el colapso del consenso progresista globalista.
En paralelo, América Latina ha comenzado a producir respuestas propias:
Javier Milei en Argentina rompe con el estatismo crónico y el mito del Estado benefactor.
José Antonio Kast en Chile representa la resistencia cultural y política frente al progresismo identitario.
Rodrigo Paz de Bolivia y Nasry Asfura en Honduras, más otros liderazgos como el de Santiago Peña en Paraguay ya asentado previamente, señalan una recomposición del eje conservador, soberanista y promercado.
Es la reacción natural de las sociedades cuando el progresismo fracasa en garantizar orden, prosperidad, integridad territorial y cohesión social.
Entiendo que la República Dominicana no será la excepción. El mayor error estratégico de cara a 2028 sería insistir en el mito del “centro” como espacio neutral.
En realidad, el centrismo contemporáneo ha funcionado como zona de tránsito del progresismo, una plataforma amable para introducir agendas ideológicas sin debate público ni consentimiento democrático.
Las políticas identitarias, el relativismo moral, el debilitamiento de la soberanía, la dependencia de organismos multilaterales y la expansión del Estado han entrado a nuestros países por el progresismo con la obsecuencia de la «derechita» y el centro complaciente.
En 2028, la sociedad dominicana deberá decidir entre dos visiones de país:
La Izquierda progresista, que cree en el Estado como rector económico y cultural; que relativiza la soberanía; que concibe al individuo como subordinado a proyectos colectivos; y que sustituye la tradición por ingeniería social.
La Derecha republicana, que defiende la dignidad de la persona, la familia como núcleo social, la libertad económica con responsabilidad moral, el orden institucional, la soberanía nacional y el respeto a la tradición cristiana occidental.
Son dos modelos que caracterizan la civilización a la que aspiramos. Por eso planteamos una Convergencia Política con fundamento ético, anclada en:
La Doctrina Social Cristiana, como marco moral.
El realismo político, que entiende el poder como instrumento y no como fin.
La defensa de la soberanía dominicana, frente a presiones ideológicas externas.
El rechazo al colectivismo, venga con rostro socialista, progresista o tecnocrático.
No buscamos agradar a todos. Buscamos representar a quienes ya no aceptan la confusión como método de gobierno.
Las elecciones de 2028 en RD no serán un simple cambio de administración. Serán una decisión moral, política y cultural.
La pregunta no será quién gestiona mejor, sino qué modelo de sociedad queremos preservar o construir.
La historia demuestra que los pueblos que evitan definirse terminan siendo definidos por otros.
La República Dominicana ha llegado a su hora de claridad.
O es Sí, Sí.
O es No, No. Y esa definición no admite zonas grises.
¡Dios con nosotros!































