Por: Elías Wessin
.- Ser fanático de los Chicago Bulls fue, durante años, una declaración de principios deportivos.
En la era de Michael Jordan, el mensaje era claro, aquí juega el que rinde, el que compite, el que gana.
Podías persinarte, mirar al cielo y darle gracias al Dios trino por la canasta o volcada decisiva, o agacharte hasta la frente si eras mahometano, y si eras ateo no hacer nada.
Nadie se escandalizaba. El juego seguía adelante. Esto así, por extensión, a toda disciplina deportiva.
La cancha era el único tribunal. Hoy, esa reacción normal quiere ser sustituida por una imposición muy abusiva y peligrosa, la inclusión ideológica «obligatoria».
El reciente despido de Jaden Ivey por sostener públicamente sus convicciones cristianas (respaldado por otros atletas que advierten presiones similares) es un punto de inflexión.
Cuando creer en Dios puede costarte el contrato, ya no estamos hablando de deporte, estamos hablando de control.
La NBA, que durante décadas fue símbolo de meritocracia deportiva, hoy enfrenta una crisis que ha prendido las alarmas, la sustitución del rendimiento por la alineación ideológica como criterio de aceptación.
No se trata (como intentarán caricaturizar algunos) de intolerancia o de resistencia al cambio. Se trata de los fundamentos: la libertad de conciencia.
El derecho de cualquier persona, atleta o no, a sostener sus creencias sin temor a represalias profesionales. Cuando ese derecho se vulnera, el problema no es el jugador, es el sistema que castiga la disidencia.
Más grave aún, otros jugadores cristianos han levantado la voz, advirtiendo que se unen a Jaden Ivey y que les da «par de dos» enfrentar represalias similares.
Esa represalia, tipo «Gran Hermano» orwelliano, y precísamente en contra del cristianismo profesante, confirma que estamos ante un patrón que comienza a asomar con mayor vigor en el deporte.
Un patrón donde la diversidad se convierte en selectiva. Seamos honestos, la diversidad que solo admite una visión, en este caso el wokismo, es en esencia, una pseudo-diversidad. Es imposición.
Como seguidor de los Chicago Bulls desde los tiempos de Michael Jordan, esta realidad no solo indigna, sino que me obliga a replantear mi lealtad como fan.
Porque la NBA que alguna vez representó excelencia deportiva, hoy cede al activismo woke, totalmente ajeno al juego de baloncesto. Y todo deporte, cuando se desvía de su esencia, pierde su alma.
El fanático no exige uniformidad ideológica. Nunca lo ha hecho. En las gradas conviven creyentes y no creyentes, conservadores y progresistas, todos unidos por una pasión común, en este caso, el baloncesto.
Esa es la verdadera inclusión. La que no necesita imponerse. Pero cuando desde arriba se establecen líneas rojas sobre lo que se puede creer, decir o incluso pensar, el mensaje es inequívoco, la cancha ya no es suficiente. Ahí comienza la ruptura entre el espectáculo y su público.
Ese camino además de injusto es absurdo mercadológicamente, porque ningún producto (por grande que sea) puede sostenerse, si castiga a su propia base por razones ideológicas.
El público observa. El público evalúa. Y, cuando percibe injusticia, el público responde. A veces con críticas. Y otras, con algo más letal para ese negocio, la indiferencia.
Por eso, este no es solo un debate deportivo. Es un debate sobre el tipo de sociedad que estamos dispuestos a aceptar.
Una donde pensar distinto te cuesta el empleo. O una donde la libertad sigue siendo un valor.
En lo personal, mi decisión como cristiano (y estoy seguro que de millones mas), al igual que Jaden Ivey, es clara. Fui seguidor de los Bulls en tiempos de gloria. Pero no seré cómplice en tiempos de imposición.
Cuando el talento y la libertad dejan de ser suficiente, el juego ya está perdido.































