Por: Fidel Lorenzo
.- República Dominicana es, probablemente, uno de los países de América Latina con una historia más singular de solidaridad con el pueblo judío. Nuestra nación abrió sus puertas a refugiados judíos perseguidos por el nazismo y contribuyó a que cientos de ellos encontraran en Sosúa un lugar donde reconstruir sus vidas.
Esa historia debería ser motivo de orgullo nacional.
Por eso, cuando observamos que el Ministerio de Relaciones Exteriores convierte el combate contra el antisemitismo en una de las materias de discusión de alto nivel diplomático, surge una pregunta legítima que no debería interpretarse como una defensa de la discriminación ni del odio contra el pueblo judío:
¿Es realmente el antisemitismo una problemática de dimensión significativa en la República Dominicana que justifique convertirla en una prioridad de nuestra política exterior?
La pregunta merece una respuesta.
Recientemente, Santo Domingo fue sede del VI Foro Latinoamericano contra el Antisemitismo, con la participación de diplomáticos, académicos, legisladores, líderes religiosos y representantes de diferentes sectores. El Gobierno dominicano, además, anunció su adhesión a la definición de trabajo sobre antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto.
Nadie sensato puede oponerse a combatir el odio, el racismo y la discriminación contra el pueblo judío. El antisemitismo es una de las expresiones más perversas de intolerancia que ha conocido la humanidad y sus consecuencias históricas son demasiado dolorosas para ser olvidadas.
Pero precisamente porque defendemos la dignidad humana, debemos preguntarnos si la diplomacia dominicana está aplicando el mismo criterio frente a todas las formas de discriminación.
¿Dónde está el mismo nivel de preocupación por la xenofobia?
¿Dónde está el debate regional sobre el racismo?
¿Dónde están los grandes foros contra la islamofobia?
¿Dónde están los espacios internacionales para discutir la persecución de cristianos en distintas partes del mundo?
¿Y por qué no promover un foro latinoamericano contra todas las expresiones de odio y discriminación hacia los pueblos y nacionalidades?
Incluso podríamos preguntarnos, con absoluta franqueza, si en algún momento la diplomacia regional organizará un foro contra el antihaitianismo, allí donde realmente exista y pueda ser documentado.
La República Dominicana no debería tener miedo de formular estas preguntas.
No porque debamos relativizar el antisemitismo, sino porque la dignidad humana no puede tener nacionalidad, religión ni color.
Nuestra política exterior debe defender al pueblo judío, pero también al pueblo haitiano, al palestino, al africano, al árabe, al asiático y a cualquier comunidad víctima de persecución o discriminación.
No podemos combatir selectivamente el odio.
¿Cuál es la dimensión del problema?
Una política pública seria necesita diagnóstico.
Si el antisemitismo constituye una amenaza creciente para la sociedad dominicana, sería importante que las autoridades presenten al país las evidencias que sustentan esa conclusión.
¿Cuántos incidentes antisemitas se han registrado en los últimos años?
¿Cuántas denuncias existen?
¿En qué sectores sociales se concentra el fenómeno?
¿Se ha producido un incremento significativo?
¿Cuáles son las instituciones nacionales responsables de enfrentar esa realidad?
Estas no son preguntas hostiles. Son preguntas democráticas.
Cuando el Estado utiliza recursos públicos, organiza grandes eventos internacionales y compromete su política exterior en una determinada agenda, los ciudadanos tienen derecho a conocer las razones y prioridades que justifican esas decisiones.
Una diplomacia con prioridades dominicanas
La República Dominicana enfrenta enormes desafíos internacionales que demandan una diplomacia firme y activa.
La crisis haitiana, la migración irregular, la seguridad fronteriza, el narcotráfico internacional, el tráfico de armas, el crimen organizado transnacional, el cambio climático, la seguridad alimentaria, el comercio exterior y la protección de nuestros ciudadanos en el extranjero son asuntos que tienen consecuencias directas sobre la vida de millones de dominicanos.
No se trata de escoger entre esos temas y la lucha contra el antisemitismo.
Se trata de preguntarnos si estamos otorgando a cada asunto la importancia que corresponde a nuestra realidad nacional.
La política exterior no puede convertirse simplemente en una sucesión de eventos internacionales. Debe ser un instrumento para defender los intereses permanentes de la República Dominicana, fortalecer nuestra soberanía, proteger a nuestros ciudadanos y contribuir a la construcción de un orden internacional más justo.
Y hay algo todavía más importante: la República Dominicana tiene una tradición de equilibrio que no deberíamos perder.
Podemos mantener relaciones amistosas con Israel y, al mismo tiempo, defender los derechos del pueblo palestino.
Podemos condenar el antisemitismo sin convertir toda crítica a las políticas del Gobierno de Israel en una expresión de odio contra los judíos.
Podemos defender a los haitianos frente a cualquier manifestación de discriminación sin renunciar al derecho soberano de la República Dominicana a controlar sus fronteras.
Podemos defender la migración ordenada sin aceptar la xenofobia.
Esa es precisamente la diferencia entre una política exterior madura y una política exterior basada en consignas.
Contra todo tipo de odio, República Dominicana debería asumir una posición mucho más ambiciosa: no luchar solamente contra el antisemitismo, sino contra todas las formas de odio y discriminación.
Si vamos a organizar foros internacionales, hagámoslos universales.
Si vamos a promover declaraciones diplomáticas, hagámoslas aplicables a todos.
Si vamos a defender los derechos humanos, defendámoslos sin importar quién sea la víctima ni quién sea el victimario.
Porque no existe un odio bueno y otro malo.
No existe una discriminación aceptable dependiendo de quién sea la víctima.
No existe un racismo justificable.
No existe una xenofobia diplomáticamente conveniente.
Y ningún pueblo debe ser convertido en enemigo por su origen, religión, nacionalidad o identidad.
República Dominicana tiene suficiente autoridad moral por su propia historia para promover ese mensaje.
Que nuestra diplomacia no importe conflictos ajenos, sino que exporte principios.
Que nuestra voz internacional diga con claridad que somos amigos del pueblo judío, amigos del pueblo haitiano, amigos del pueblo palestino y amigos de todos los pueblos que respeten la dignidad humana.
Y que cuando Santo Domingo vuelva a ser sede de un gran foro internacional sobre discriminación, no tengamos que preguntarnos por qué se escogió una forma específica de odio y se dejaron otras fuera.
Si vamos a combatir el odio, combatámoslo todo. Si vamos a defender la dignidad humana, defendámosla sin excepciones.































