Por: Fidel Lorenzo
.- En la República Dominicana hablamos mucho de delincuencia, criminalidad, inseguridad y violencia. Con frecuencia, la discusión se concentra en las consecuencias: más policías, más patrullaje, endurecimiento de las penas y mayores controles. Todo esto puede ser necesario, pero existe una pregunta que debemos hacernos con mayor seriedad: ¿qué estamos haciendo para atacar las causas que llevan a nuestros niños y jóvenes a quedar expuestos a la violencia y la delincuencia?
La respuesta no puede ser exclusivamente policial ni penal. También debe ser educativa, familiar, comunitaria y social.
Por eso resulta digno de reconocimiento el trabajo que vienen desarrollando Pedro y Carolina Martínez, particularmente con la apertura del Complejo Deportivo y Educativo Pedro Martínez. Más que una obra física, esta iniciativa representa una visión de desarrollo humano que coloca a los niños y jóvenes en el centro de la transformación comunitaria.
La entrega de esta familia merece ser conocida y, sobre todo, imitada.
Pedro Martínez (el profesor), como se le conoce ha entendido que transformar una comunidad requiere perseverancia, visión y una profunda vocación de servicio. Su apuesta por la educación y el deporte constituye una forma concreta de ofrecer alternativas a nuestros jóvenes y de construir espacios donde puedan desarrollar sus capacidades, descubrir sus talentos y proyectar un futuro diferente.
Aquí aparece un concepto que la sociedad dominicana necesita recuperar: la corresponsabilidad.
El Código para la Protección de los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes establece responsabilidades que involucran al Estado, la familia y la sociedad. No se trata de una responsabilidad exclusiva del Gobierno. Tampoco puede la familia esperar que el Estado sustituya sus obligaciones. Y la sociedad civil no puede permanecer indiferente frente a las necesidades de su entorno.
La protección de la niñez es una tarea colectiva.
Por eso, iniciativas como la de Pedro y Carolina Martínez permiten comprender lo que puede significar una verdadera alianza público-privada y comunitaria. Cuando el Estado aporta, la sociedad civil participa, las familias se comprometen y personas con vocación de servicio colocan sus recursos, capacidades y relaciones al servicio de la comunidad, se crea una fuerza transformadora.
Esta es precisamente la clase de alianza que necesitamos multiplicar.
No podemos enfrentar la delincuencia solamente cuando el joven ya ha ingresado al mundo del delito. Tenemos que llegar antes. Debemos llegar con educación, deporte, formación en valores, acompañamiento familiar, oportunidades de emprendimiento, capacitación y espacios seguros.
La prevención comienza mucho antes de que aparezca el delito.
Cada cancha construida con propósito educativo, cada aula abierta a un niño vulnerable, cada mentor que acompaña a un adolescente y cada familia que decide involucrarse en su comunidad constituye una pequeña barrera frente a la exclusión y la violencia.
En este sentido, el Complejo Deportivo y Educativo Pedro Martínez puede ser visto como una experiencia que trasciende el deporte. Es una apuesta por el desarrollo integral de la persona.
Y hay un elemento que no debería pasar inadvertido: el componente espiritual y cristiano que inspira a esta familia.
Cuando la fe deja de ser solamente discurso y se convierte en servicio, solidaridad y entrega a los demás, adquiere una dimensión profundamente transformadora. Poner los talentos y recursos recibidos al servicio del prójimo constituye una expresión concreta de los valores cristianos.
Pedro y Carolina Martínez han demostrado que el éxito personal puede adquirir una dimensión mucho mayor cuando se convierte en una herramienta para servir a otros.
La República Dominicana necesita precisamente eso: personas, familias, empresas, iglesias, organizaciones sociales y comunidades dispuestas a preguntarse no solamente qué pueden recibir del país, sino qué pueden aportar para transformarlo.
La seguridad ciudadana también se construye desde las comunidades.
Se construye cuando un niño encuentra una oportunidad en lugar de una calle sin alternativas. Cuando un adolescente encuentra un entrenador que lo orienta en lugar de un adulto que lo recluta para delinquir. Cuando una familia recibe acompañamiento en lugar de abandono. Cuando una comunidad tiene espacios dignos para educarse, practicar deportes y convivir.
Por eso, atacar las causas de la delincuencia no es una tarea secundaria. Es una estrategia de país.
Necesitamos una política pública que comprenda que cada peso invertido en prevención, educación, deporte y desarrollo humano puede representar mucho más que una infraestructura: puede representar una vida rescatada, una familia fortalecida y una comunidad con mayores posibilidades de vivir en paz.
El ejemplo de Pedro y Carolina Martínez nos coloca frente a una realidad que no podemos ignorar: no todo depende del Estado, pero el Estado tampoco puede hacerlo solo.
La responsabilidad es compartida.
Que esta iniciativa no sea solamente motivo de aplausos. Que sea una invitación a hacer más.
Que otros empresarios, deportistas, profesionales, iglesias, fundaciones y familias se pregunten qué pueden hacer por su comunidad.
Porque la República Dominicana no cambiará únicamente con nuevas leyes ni con mayores sanciones. Cambiará también cuando aprendamos a invertir en nuestra gente, especialmente en nuestros niños y jóvenes.
La mejor manera de combatir la delincuencia es impedir que una generación entera llegue a necesitarla como alternativa de vida.
Pedro y Carolina Martínez han escogido servir.
Ahora corresponde a todos nosotros preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer para que ese ejemplo se multiplique.
El autor es sociólogo y pastor evangélico































