Por: José Carvajal
.- Los que prepararon las Obras Completas de Juan Bosch, patrocinadas por la Comisión Permanente de Efemérides Patrias, cometieron una barbaridad al creer que todo lo que escribió y dijo debía figurar en estos cuarenta volúmenes que sellan el oficio de escritor del «maestro del cuento hispanoamericano». Parece un trabajo hecho a las carreras, sin pensar mucho, sin tomar en cuenta la imagen pública del autor que aspira a la permanencia, antes que la del político, que va muriendo en cada informe partidista y en cada derrota en las urnas. Sin las notas pertinentes al pie de página, en estas Obras Completas las imprecisiones y los errores cometidos por Bosch (para no cargarlo demasiado podemos decir que algunos serán de los transcriptores) empañan el brillo de su estrella.
Bosch no era un ser perfecto, como quieren pensar sus simpatizantes políticos y lectores que lo veneran (¡en realidad nadie lo es!); tampoco era un dios literario, pues lamentablemente en América Latina no hay ninguno; y si lo hacemos dios a ciegas nos frustraríamos al verlo muy pequeño, tan pequeño que se perdería entre los grandes de la literatura universal (Homero, Heródoto, Virgilio, Platón, Sócrates, Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Samuel Johnson, Lord Byron, Victor Hugo, Walt Whitman…), que son pocos y también dudables, como dioses, cuando miramos en ellos al ser humano que no logra librarse de la muerte.
Bosch nos dejó esperando sus memorias literarias, pero tal vez lo que vivió en ese sentido no daba para tanto. Lo mismo su recorrido por América no debe compararse con los de José Martí y Eugenio María de Hostos, porque al parecer el suyo se originó por asuntos personales, y no tanto por el interés de difundir ideales políticos. Él explicó el motivo de su salida en una entrevista con Listín Diario, publicada en 1979:
«Salí por varias razones, pero la más importante fue que un día, Mario Fermín Cabral me pidió que fuera a verlo al Hotel Presidente donde vivía cuando estaba en la capital y me dijo, con cara de preocupación, que Trujillo estaba pensando hacerme diputado y que yo debía pensar muy bien lo que debía hacer. Conociendo como lo conocía entendí toda la gravedad de esa advertencia.
»Si alguien se distinguía en cualquier actividad pública, Trujillo le ofrecía un puesto en su gobierno, y era peligroso no aceptárselo…».
Una decisión que devino en lo que historiadores llaman un exilio voluntario. Y una vez en el extranjero se sumó a la lucha —ya iniciada por otros— contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo; es decir, salió del país para salvar su pellejo y luego fue él y sus circunstancias, como diría José Ortega y Gasset.
Entre tanto, la literatura que Bosch produjo en esos años fue su manera particular (¡muy suya!) de paliar la nostalgia y evitar el desarraigo. En realidad, aunque vivió años en el exilio, Bosch nunca se alejó emocionalmente de República Dominicana. Escribió cuentos para no olvidar los campos y la gente de su país.
En un diálogo de 1975, con Margarite Fernández-Olmos, profesora de City University of New York (CUNY) y autora del libro «La cuentística de Juan Bosch (Un análisis crítico-cultural)», Bosch dijo: «…la razón por la cual escribía yo cuentos no era razón literaria: era algo que no tenía nada que ver con la literatura […] Y la razón por la cual yo me dediqué al cuento fue para decir, expresar en el cuento las condiciones del hombre del pueblo, sobre todo del campesino dominicano: sus virtudes, su capacidad de trabajo, de lucha, de sacrificio, de sufrimiento».
Con esa tarea que se impuso aprendió a escribir cuentos: «Me fui autocriticando. Desde el primer momento me elogiaron mucho y yo decía: «este no sabe lo que dice». Cuando escribían algo [sobre él] yo decía: «esto no es verdad». Yo sabía que yo quería decir las mismas cosas de mi pueblo pero decirlas de una forma mejor (…) y tratar de superarme. Yo puedo decir que tardé unos 14 años o algo así. A los 14 años de estar escribiendo rompí muchos cuentos, rompí centenares de cuentos. Un día en La Habana escribí un cuento que se llama «El río y su enemigo» y entonces dije: «Bueno, ya yo domino este género. Ya yo puedo hacer con el cuento lo que yo quiera»».
Entonces se profundizaron las contradicciones, porque lo que Bosch quería ser era político: «En realidad yo nunca he sido literato, ni he hecho vida de literato. Yo escribía porque era una manera de sustituir —aunque yo no me daba cuenta de eso— lo que a mí me hubiera gustado hacer desde el primer momento, que era la política. Mi vocación no fue la literatura».
Esas contradicciones mermaron la carrera literaria de Bosch. No lo dejaron crecer al nivel de «dios literario» como hubieran querido aquellos que aun lo veneran en los altares bibliotecarios. En una entrevista de 1976 con la argentina Rosalba Campra, para el libro «América Latina: la identidad y la máscara», Bosch reconoció que «mi obra ha pasado a ser una obra fundamentalmente política, histórica y sociológica, es decir, he dejado de ser escritor, como se dice en inglés, de «ficción»».
Y en ese estado de no ser ya lo que siempre quiso, desde aquel día en que siendo niño en su natal provincia de La Vega su padre lo llevó a conocer a Federico García Godoy («Mi padre me apretó contra sí, me elevó hasta su pecho y con la mayor suavidad me dijo: «Este es don Fico, el gran escritor». […] Aquel hombre era lo que yo quería ser: un gran escritor»), Bosch pasó revista a su producción libresca y dijo lo que muchos de sus lectores no quisieran escuchar: «Todos mis libros son más o menos mediocres; no voy a hablar de ellos como si fueran obras excepcionales. Pero un libro del cual creo estar satisfecho es «Composición social dominicana». Es la historia de mi país vista a través de la composición social, la lucha de clases que durante mucho tiempo no fue una lucha de clases entre obreros y capitalistas porque no había obreros ni había capitalistas (mi país ha sido un país muy pobre durante muchos siglos) […]. Otro libro del cual estoy conforme es «Breve historia de la oligarquía» y también con el llamado «De Cristóbal Colón a Fidel Castro, el Caribe frontera imperial»».
Pienso que el empecinamiento en dominar exitosamente la técnica del cuento lo agotó en ese género y redujo su creatividad a un molde, convirtiendo la forma en una tarea monótona cuyo resultado estructural sería repetición, sin importar tema ni propósito («Desde el momento en que dominé la materia le perdí el interés…»).
También, observo que la inseguridad como autor de ficciones convirtió a Bosch en un pobre escritor, incapaz de medirse con los nuevos narradores de América Latina —los del ¡Boom!, esos grandes, pero tampoco «dioses literarios», incluyendo su siempre admirado Gabriel García Márquez («García Márquez es verdaderamente un fenómeno de la literatura de la Lengua Española. Yo no creo que en toda la historia de la Literatura Española haya nadie, nadie comparado con García Márquez»).
Todo eso habría empujado a Bosch a abandonar el género en 1960 («…y no escribo cuentos desde el 1960 o 61. Creo que en la nochebuena del 31 de diciembre del año 1960 escribí mi último cuento que fue «La mancha indeleble». Y ese cuento ni lo escribí; se lo dicté a doña Carmen [su esposa].»), aunque decía que la razón era que había decidido dedicarse a la actividad política. Aun así debió entender que la técnica, el estilo y los temas de sus cuentos no responderían a los intereses y las exigencias de un mercado más amplio y a la nueva dinámica editorial que surgió a principios de los años sesenta entre Europa y América Latina.
Hasta la próxima.































