Por: Tony Pichardo
.- Hay momentos para el análisis, momentos para la reflexión y momentos para el silencio. La muerte suele pertenecer a esta última categoría, al menos durante las primeras horas del duelo. Sin embargo, el merenguero Sergio Vargas parece haber desarrollado una peculiar habilidad para desafiar esa regla no escrita.
La reciente muerte de Alex Bueno volvió a colocar al intérprete de «La Ventanita» en el centro de la controversia, no por una canción ni por una presentación, sino por unas declaraciones que muchos han considerado innecesariamente severas hacia un artista que acababa de fallecer.
«Alex murió producto del desorden de una vida que él no debió llevar», afirmó Vargas durante una intervención en el programa radial El Sol de La Tarde. Aunque el merenguero sostuvo que pretendía enviar un mensaje de conciencia sobre la salud y los excesos, sus palabras provocaron incomodidad en amplios sectores del público.
La razón es sencilla. Cuando una persona muere, especialmente una figura querida por generaciones, el debate público suele concentrarse en su legado, sus aportes y el consuelo a sus familiares. Convertir el funeral simbólico de un artista en una especie de juicio retrospectivo sobre sus decisiones personales puede resultar tan inoportuno como doloroso.
Y no es la primera vez. Muchos recuerdan que tras la muerte de Luis Días también surgieron declaraciones de Vargas que generaron controversia por el tono utilizado para referirse a la vida y circunstancias del desaparecido artista.
El problema no radica en discutir los riesgos de las adicciones, los excesos o los problemas de salud que afectan a numerosos músicos. Ese es un debate legítimo y necesario. El problema aparece cuando la reflexión se construye utilizando como ejemplo a alguien que ya no tiene la posibilidad de explicar, matizar o responder.
Porque una vez que el ataúd se cierra, la conversación deja de ser un intercambio y se convierte en un monólogo y los monólogos sobre los muertos suelen favorecer únicamente a quien tiene el micrófono.
Nadie discute que Alex Bueno enfrentó momentos difíciles en su vida. Él mismo habló públicamente en distintas ocasiones sobre algunos de esos episodios. Tampoco se puede negar que muchos artistas han visto deteriorada su salud por hábitos perjudiciales.
Pero reducir una carrera extraordinaria, una de las voces más influyentes de la música popular dominicana, a una conclusión resumida en la palabra «desorden» resulta, para muchos admiradores, una simplificación injusta de una trayectoria artística inmensa.
La historia de Alex Bueno no fue únicamente la de sus errores. Fue también la de una voz irrepetible, la de un intérprete capaz de atravesar generaciones, la de un artista que sobrevivió a caídas que habrían destruido a otros y que siguió siendo referente de la música dominicana hasta el final de sus días.
Por eso las palabras importan, mucho más cuando se pronuncian frente a una familia que todavía intenta asimilar una pérdida.
La pregunta de fondo no es si Sergio Vargas tiene derecho a expresar una opinión. Lo tiene. La verdadera pregunta es otra: ¿era ese el momento? Porque existe una diferencia entre advertir sobre los peligros de una conducta y utilizar el duelo ajeno como escenario para hacerlo.
En ocasiones, la sinceridad puede ser valiosa, pero la sensibilidad también. Y cuando alguien ya no está para defenderse, quizás el respeto deba hablar más alto que la necesidad de tener la última palabra.































