Por: Nelson Mateo
.- Afirmar que el delincuente nace, sería admitir que el ser humano infringe la ley por una fuerza mayor a su voluntad que lo induce, dejándolo sin la posibilidad de poder decidir entre el bien y el mal. Sería tan simple como decir que el ser humano no decide cuando le da sed, sueño o hambre.
Si acogemos la teoría de que el delincuente nace, de que se trata obviamente de una característica genotípica, entonces tendríamos que admitir que la delincuencia sería un problema de salud y no de Justicia, en el que el infractor es incapaz de sobreponerse a la voluntad de hacer el mal.
Pero esta teoría se cae porque, de ser así, todo el que delinque no tendría jamás la capacidad de reintegrarse a la sociedad por su condición de ser un delincuente, cuyas acciones vienen ordenadas por sus genes más fuertes que su propia intención de hacer el bien.
Entonces, entiendo que estaríamos frente a miles de años de equivocación tratando por la vía legal un problema que, según esta teoría, es de salud mental.
Si el delincuente nace y no se hace, entonces, la razón de existir del Derecho Penal, como medio de control social, no tendría ningún sentido. Está claro que su poder coactivo no permitirá conseguir la reinserción de esos enfermos de la conducta.
Sin embargo, sostengo que el hombre no nace bueno ni malo y que sus acciones son resultado de su entorno social. Tal y como dice Ortega y Gasset: “El hombre es él y sus circunstancias”. Mi opinión es que el delincuente se hace, no nace.
Paso a defender mi posición: un niño nace con todas sus capacidades orgánicas, salvo cualquier anomalía congénita. El mismo niño lo llevan a la selva y si nunca escucha el sonido del habla no aprende hablar, a pesar de tener esa capacidad.
Si ese mismo niño crece en China, seguro hablará mandarín, de crecer en España, hablará español. Igual si el mismo niño es educado en Irak, en medio de terroristas, seguro crecerá amando su religión y siendo capaz de inmolarse en nombre de Alá.
De crecer en una familia llena de amor y respeto por la vida, será un niño sensible a las injusticias. O sea, está claro de que el delincuente no nace, se hace, es el producto de su entorno social y no se trata de un problema de salud.
El Código Penal es parte del Derecho Público, es el capacitado de coaccionar al infractor y devolverlo a la sociedad, mayoritariamente, en condiciones de reintegrarse como un ciudadano de bien.
Entonces, es válido concluir en que el hombre nace con la capacidad de delinquir en sus genes, pero los valores con los que fue criado, como factores externos, influirán para que cuando se encuentre en la encrucijada de decidir entre el bien y el mal, pueda tomar una decisión correcta, según la formación que haya recibido.
Es por ello que, a partir de esa concepción doctrinaria, me atrevo a sentenciar que el delito es una decisión que encuentra su origen en la parte genética del sujeto, pero que, finalmente, pasa por el tamiz de la conciencia que se ha forjado el individuo a lo largo de su vida, sobre lo correcto e incorrecto, y ese último factor externo, finalmente, es el que no solo moldea la conducta, sino que la determina en términos ampliamente mayoritarios.































