Por: Elías Wessin
.- En la República Dominicana existe un patrón cultural peligroso: solo reaccionamos cuando el daño ya está hecho.
Esperamos al robo para poner el candado, al desorden para pedir autoridad, al colapso para reclamar responsabilidad.
Esa inercia colectiva es, precisamente, lo que aprovechan las ideologías expansivas que avanzan mientras la sociedad duerme.
Hoy vemos ese riesgo en un tema que muchos prefieren ignorar: la instalación y crecimiento del islamismo político y sus estructuras de influencia en el país.
No hablamos de migración religiosa inocua; hablamos de la posible inserción de una cosmovisión que, en numerosos países, ha demostrado ser incompatible con la democracia liberal, la igualdad de la mujer, las libertades civiles y el orden republicano.
La Sharía no es solo un código religioso: es una arquitectura legal paralela, que suplanta al Estado, niega derechos y fractura la unidad nacional allí donde se establece.
Quien tenga dudas solo necesita observar lo ocurrido en Europa y en Estados Unidos durante las últimas dos décadas.
Barrios enteros convertidos en enclaves cerrados, tribunales informales basados en la Sharía, imposición cultural, tensiones étnicas, delitos de honor, presión contra la libertad de expresión, radicalización juvenil y la amenaza constante de células extremistas que se alimentan del mismo ecosistema ideológico. Ese es el ejemplo vivo de lo que jamás debe permitirse en suelo dominicano.
Pero aquí, como suele suceder, muchos solo despertarían cuando ya fuera tarde. Cuando las mezquitas radicalizadas estén establecidas, cuando los financiamientos externos ya hayan penetrado estructuras barriales, cuando aparezcan los primeros indicadores de radicalismo… entonces sí, las masas protestarían. Pero para entonces el candado no serviría, porque el intruso ya estaría dentro.
Por eso, la hora de actuar es ahora. La defensa de la identidad, la soberanía cultural y el orden civilizatorio no puede ser reactiva: debe ser preventiva.
América Latina está siendo observada por redes islamistas internacionales; Haití ya experimenta una ola islámica organizada que busca proyectarse hacia RD; y nuestra clase política, distraída y contemporizadora, no parece comprender la magnitud del riesgo.
La República Dominicana debe aprender de los errores ajenos y no repetirlos en casa. No se trata de intolerancia religiosa: se trata de preservar el marco civilizatorio que nos sostiene.
No se combate a las personas, sino a la infiltración de sistemas jurídicos, políticos y culturales que contradicen frontalmente nuestro orden constitucional.
Cada generación tiene una responsabilidad histórica. La nuestra es simple y decisiva:
impedir a tiempo la expansión de una ideología que, donde se instala sin control, destruye la convivencia, la seguridad y la libertad.
Antes de que sea tarde. Antes de que haya que poner el candado para que no nos roben.































