Por: Elías Wessin Chávez
.- Azuzada por la zurdería rancia y macabra con sus «socios de contraescritura, la derechita obsequiosa», Alemania vuelve a ofrecer un comportamiento colectivo inquietante, una sociedad culta no está inmunizada contra el absurdo cuando abdica de la verdad objetiva.
Alemania, cuna de la razón moderna y del pensamiento sistemático occidental, está popularizando una práctica que resume con precisión quirúrgica el espíritu de la época: _adultos paseando perros imaginarios con correas reales, arneses reforzados y rutinas completas de adiestramiento._ El fenómeno recibe el nombre de _“hobby dogging”_ y se presenta, con toda seriedad, como una expresión legítima de bienestar personal.
No se trata de una anécdota pintoresca ni una simple excentricidad urbana. Es un síntoma cultural profundo. Una señal inequívoca de lo que ocurre cuando una civilización renuncia al sentido común, relativiza la verdad objetiva y convierte la fantasía subjetiva en norma social incuestionable.
El dato realmente inquietante no es que alguien juegue a pasear un perro que no existe. La historia humana siempre ha tenido espacio para lo excéntrico.
Lo alarmante es que el entorno social y mediático se vea obligado a validar la ficción, y que cuestionarla sea considerado una forma de intolerancia. El perro no está, pero la corrección política sí, firmemente sujeta de la correa.
Alemania ya conoce este camino. Una nación altamente educada, convencida de su superioridad moral y cultural, suspendió en el pasado el juicio crítico en nombre de una narrativa emocional dominante.
El resultado fue una catástrofe histórica. Hoy no se invoca la raza ni el destino imperial, sino la identidad subjetiva y la sacralización de la percepción individual.
La progresía woke ha perfeccionado una lógica peligrosa, la realidad no se discute, se redefine; la evidencia no importa, importa el relato; y quien señala lo evidente se convierte en el verdadero problema.
Primero niegan la biología, luego se vacían el lenguaje y ahora se juega abiertamente a disolver la realidad misma. El hobby dogging es apenas la metáfora visible de ese proceso.
Esto representa el colapso del orden moral natural, reemplazado por una subjetividad sin límites que confunde derechos con caprichos y libertad con negación de toda norma.
Una sociedad que renuncia a la verdad no libera al individuo; lo infantiliza, lo desarma y lo vuelve fácilmente manipulable por élites culturales que deciden qué debe creerse y qué no puede decirse.
No es casual que estas expresiones florezcan en contextos donde el Estado y la cultura oficial asumen el rol de árbitros de la realidad. Cuando la verdad deja de ser un límite, el poder se expande sin freno, siempre “por tu propio bien”.
Hoy se exige respeto por el perro invisible; mañana se exigirá obediencia a mandatos igual de vacíos, pero mucho más peligrosos.
Sin verdad no hay libertad, y sin libertad no hay República. El sentido común no es un prejuicio; es el cimiento de la convivencia civilizada.
Renunciar a él no es progreso, es regresión, aunque venga envuelta en discursos sofisticados y gestos bienintencionados.
Alemania y con ella Europa, no necesita nuevas fantasías ideológicas. Necesita recuperar el coraje moral de decir lo obvio, incluso cuando hacerlo incomoda. Porque cuando una sociedad acepta con solemnidad pasear perros que no existen, ya ha empezado a caminar (otra vez) por un terreno peligrosamente conocido.
Como colofón, recordar la famosa frase profética de G.K. Chesterton es muy recomendable: «Llegará el día que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde.»































