Por: Elías Wessin
.- En la República Dominicana la USAID dejó la estela de urgir la “modernización” de la cultura, como si esta fuera un obstáculo y no el fundamento mismo de la vida social.
Desde espacios académicos, mediáticos y ahora también administrativos, se insiste en que nuestras tradiciones (familia, fe, identidad, costumbres) deben ser superadas para dar paso a una sociedad supuestamente más avanzada.
Pero esta narrativa no busca mejorar la cultura, busca sustituirla por un modelo ideológico prefabricado.
La cultura no es un decreto ni un manual de capacitación. Es un orden vivo, forjado durante generaciones, que ha permitido a la nación dominicana resistir crisis, autoritarismos y experimentos sociales fallidos.
Cuando se intenta rediseñarla desde ONG’s financiadas externamente o desde oficinas públicas capturadas por agendas importadas, lo que se produce no es progreso, sino fractura social y pérdida de soberanía cultural.
Basta observar cómo debates legítimos (educación, identidad nacional, migración o valores familiares) han dejado de ser espacios de deliberación democrática para convertirse en terrenos minados, donde disentir implica sanción simbólica o administrativa. No se censura con leyes, pero se penaliza con estigmas; no se gobierna con consenso, sino con presión ideológica.
El riesgo es evidente, cuando una élite tecnocrática, formada y validada por organismos externos, se arroga el derecho de definir qué se puede pensar, enseñar o defender dentro del propio Estado, la cultura deja de ser un espacio de libertad y se convierte en un mecanismo de control político y social.
Defender la cultura nacional no es inmovilizarla, es protegerla del secuestro ideológico.
Las tradiciones evolucionan, sí, pero desde la sociedad, no desde la imposición burocrática ni desde condicionamientos externos que nunca pasaron por el voto ni por el debate público.
Una República Dominicana que renuncia a su continuidad cultural se convierte en una nación vulnerable, administrada desde manuales ajenos y dependiente de agendas que no responden a su pueblo. Conservar lo que nos ha dado cohesión no es atraso; es responsabilidad histórica.
Porque cuando la cultura pierde su autonomía, el poder deja de tener límites, y ningún país libre puede permitir que su Estado se convierta en un laboratorio ideológico.
En conclusión, aquí todavía falta una profilaxis de la infestación que dejó la USAID en entidades gubernamentales.































