Por: Luis del Valle
.- Hay momentos en la historia donde la verdad deja de ser opinión y pasa a ser evidencia. Aun así, hay quienes prefieren cerrar los ojos. No por falta de datos, sino por miedo a soltar las cadenas que ya aprendieron a amar.
Un pueblo fue empujado al exilio, no por turismo ni por capricho, sino por hambre, persecución y pobreza. Millones salieron con el corazón roto, amando su patria, dejando familias, recuerdos y dignidad en maletas pequeñas. Eso no es discurso: son números, testimonios y realidades que todavía caminan por las calles de otros países.
Lo trágico no es solo la opresión. Lo trágico es ver a quienes defienden al sistema que los destruyó. Fanáticos de un régimen que prometió justicia y dejó ruinas. Personas que temen más a la libertad que a la esclavitud, porque la libertad exige responsabilidad, memoria y verdad.
La historia nos ha enseñado algo incómodo: la libertad casi nunca llega sin conflicto. Muchos dieron su voz, otros su vida. Algunos callaron para sobrevivir, otros se arrodillaron para no perder privilegios. Pero el silencio cómplice también construye cárceles.
Hoy, aunque el camino no sea fácil, todo cambio comienza con una grieta en el sistema. La reconstrucción será dura, lenta y dolorosa, pero peor es seguir llamando “normalidad” a la miseria.
Que no nos engañe la nostalgia del poder ni la idolatría política. La ceguera voluntaria no es ignorancia: es negarse a ver el daño cuando ya no conviene aceptarlo.
Nuestro deseo es claro: que cualquier cambio sea para sanar, para levantar y para que un pueblo vuelva a vivir sin miedo. Porque la libertad no es perfecta, pero la esclavitud nunca fue opción.































