Por: Alfredo de los Santos Jorge
.- Al cumplirse 17 años de su deceso recordamos su impronta. La impronta que las juventudes no contaminadas ideológicamente deben conocer y analizar.
(Exhortación a cambiar el libreto, a desechar la ficción de siempre).
Decir que Juan Bosch no era marxista en 1963 no es un análisis histórico serio; es una manipulación y construcción política posterior.
El propio Bosch se definió como marxista (aunque no leninista, truco retórico que oculta la deriva final de todo régimen de apariencia democrática, pero en el fondo socialista).
Su evolución ideológica quedó claramente plasmada con la fundación del Partido de la Liberación Dominicana en 1973, concebido como una organización de cuadros, con círculos de estudio y formación doctrinaria inspirados en el pensamiento marxista.
Pretender que esa definición ideológica surgió “de repente” en los años 70 es desconocer (o querer ocultar) un proceso previo.
Las ideas no nacen de un día para otro; se incuban, maduran y se expresan cuando las condiciones lo permiten.
Ese es el mismo cuento reciclado, el mismo relato edulcorado que la izquierda ha repetido durante décadas, negar lo evidente para reescribir la historia a su conveniencia.
Entre 1963 y 1965, el entorno político de Bosch evidenciaba una clara apertura hacia sectores de izquierda, lo que generó preocupación en amplios sectores nacionales e internacionales en pleno contexto de la Guerra Fría.
No es casual que el golpe de Estado de 1963 se justificara precisamente bajo la acusación de que su gobierno era “procomunista” por parte de actores militares y políticos de la época. Negar ese contexto es amputar la historia.
Más aún, la estrategia de la izquierda siempre ha sido la misma. Presentarse con ropaje democrático mientras construyen estructuras ideológicas orientadas al control total del poder.
Ese patrón no es exclusivo de República Dominicana; se repitió en toda América Latina. Basta observar el caso de Hugo Chávez, quien accedió al poder al inicio por vía de un golpe de estado (obvio, para la izquierda no lleva el mote de golpista, sino más bien de «héroe revolucionario») para luego desmontar progresivamente el sistema democrático venezolano desde dentro.
Lo demás es narrativa engañosa, relatos cuidadosamente elaborados para consumo político, no para la verdad histórica.
En ese contexto, el Elías Wessin y Wessin no fue “el villano” que la izquierda (y una derechita obsequiosa) han intentado pintar, sino un actor clave dentro de una coyuntura hemisférica marcada por la expansión del marxismo-leninismo en América Latina tras el triunfo de Revolución cubana. Fue, para muchos dominicanos de su tiempo y de ahora, un muro de contención frente a un modelo que ya mostraba (y sigue mostrando) sus consecuencias en términos de represión, pobreza y ausencia de libertades.
Se puede debatir la forma, pero no se puede falsificar el fondo.
Por eso, intentar convertir a Wessin en el “malo de la película” y a Bosch en un «demócrata liberal incomprendido» no es más que una simplificación interesada.
La historia dominicana de los años 60 fue compleja, tensa y profundamente influida por el tablero geopolítico global.
Los hechos son incontrastables el socialismo real, allí donde se ha aplicado, ha terminado sistemáticamente en crisis económicas, restricción de libertades y persecución política. No es teoría, es evidencia histórica.
Por tanto, no hay razón para pedir disculpas ni sentir culpa. Al contrario, hay razones para reivindicar una visión de país que apostó (en medio de enormes presiones ideológicas) por evitar caer en modelos que ya entonces mostraban señales claras de fracaso.
La historia, con el paso del tiempo, pone cada cosa en su lugar. Y en ese juicio, hace rato que el Gral. Elías Wessin y el glorioso CEFA quedaron absueltos.































