Por: Tony Pichardo
.- Treinta años después, el país vuelve a mirar un rostro que creyó haber olvidado para siempre. Mario Redondo Llenas salió de prisión tras cumplir íntegramente una de las condenas más largas y simbólicas de nuestra historia reciente. Y en la puerta, sosteniéndole el mundo nuevo al que se enfrenta, con una presencia silenciosa, estaba su hijo. Un hijo nacido en cautiverio, en el estrecho respiro de una visita conyugal, en un escenario imposible para cualquier infancia futura.
Esa imagen, de un padre que regresa y un hijo que lo espera, es quizá, una de las escenas más complejas que esta sociedad ha tenido que enfrentar desde 1996. Porque coloca dos verdades frente a frente, sin escapatoria: hay un hijo que hoy puede abrazar a su padre, y hay un hijo que nunca volverá a abrazar a los suyos.
La familia Redondo tiene hoy una presencia. La familia Llenas Aybar carga una ausencia eterna. Esa simetría rota es la herida que no cierra. «El rayo no que cesa», como escribiera el poeta español Miguel Hernández.
Lo que ocurrió en 1996 no fue solo un crimen. Fue una fractura moral. Una sacudida que dejó a un país entero sin respiración. El asesinato del adolescente José Rafael Llenas Aybar fue una violencia tan descarnada, tan brutal en su ejecución, que quedó tatuada en el inconsciente colectivo. Todavía hoy, tres décadas después, basta mencionar su nombre para que se active un dolor que la República Dominicana no ha podido metabolizar del todo.
Mario Redondo cumplió su condena. Todas las horas, todos los días, todos los años. Dentro de la prisión estudió, se transformó, enseñó, se convirtió, según testimonios, en un referente de disciplina y conducta. Cumplió con la ley de una manera que pocos criminales en este país llegan a cumplir. Pero la ley no restituye vidas. La ley mide tiempo; el dolor mide ausencias.
Por eso la escena de hoy no es un simple desenlace administrativo. Es un punto de quiebre emocional. La aparición del hijo, que no pidió nacer en este marco trágico, que no eligió cargar un apellido atravesado por la sangre de otro niño, es el espejo más crudo al que podemos asomarnos. Ese muchacho encarna lo que sí pudo crecer, lo que sí pudo esperar, lo que sí pudo abrazar. Y su sola existencia resalta con más nitidez lo que en la otra familia quedó detenido para siempre.
Aquí está la verdad que nos lacera. La vida de uno siguió su curso; la del otro se detuvo en seco. La familia de uno recibe, la familia del otro recuerda. Uno tiene un hijo que lo espera, el otro tiene un hijo que no vuelve.
Esa es la grieta que incomoda, que irrita, que duele. El peso insoportable de una desigualdad que no tiene nada que ver con la justicia penal sino con la irreversibilidad de la muerte.
No hay artículo, no hay análisis, no hay discurso capaz de empatar esas dos orillas. Lo que queda es mirar de frente la complejidad, sin reducirla, sin suavizarla: un hombre sale porque la ley así lo dispone; una familia sigue rota producto de lo que hizo ese mismo hombre en el pasado.
La sociedad dominicana está en su derecho de seguir herida. De seguir indignada. De no perdonar si no quiere. Nadie puede exigir lo contrario. Pero también debemos reconocer que el hijo que hoy aparece al lado de su padre no es la sombra del crimen. Es otra víctima, en otro registro: alguien que cargó con una historia que no cometió, alguien que estuvo condenado a ser lo que dejó el delito antes de ser simplemente un ser humano.
Su gesto de acompañar a su padre no enaltece nada ni niega nada. Solo muestra que los vínculos existen incluso en los territorios más devastados. Y que la humanidad, dolorosa, contradictoria y frágil, insiste en manifestarse aun cuando la memoria colectiva continúa sangrando.
Hoy, el país mira dos imágenes superpuestas. El hijo que espera en la puerta y el hijo que yace en una tumba.
Ese contraste es la verdad desnuda de esta historia. Y es también el recordatorio más feroz de lo que somos capaces de destruir… y de lo que jamás podremos recuperar.































